El Real Madrid se alza con la Liga en Pamplona

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Ni la mente más traviesa y enrevesada hubiera sido capaz de tejer un epílogo tan emocionante a esta Liga. El circo llevado al fútbol. El más difícil todavía. Casi imposible cantar otro alirón con estas formas y maneras. Todos los ingredientes del fútbol reunidos en cinco minutos épicos y mágicos. Del 1-0 al 1-2 en un abrir y cerrar de ojos... El Madrid, desarmado, incrédulo, con diez jugadores —bueno con nueve porque Heinze estaba hecho unos zorros y sangraba como un cochino por una de sus muñecas—, aunque se mantuvo en el campo.
Todo, absolutamente todo, sucedió en ese sprint final de partido. Los ochenta minutos anteriores, insoportables futbolísticamente hablando, no habían servido para nada. Simplemente para evidenciar que los dos equipos daban por bueno el empate, hasta que el pacto se rompió con el penalti transformado por Puñal y la reacción blanca fue salvaje. A la segunda fue la vencida y cantó el alirón cuando ya nadie lo sospechaba y la cita parecía postergarse para el miércoles contra el Barça.
Un manso que acabó loco
Estos partidos a los que se les da tantas vueltas a lo largo de la semana e incluso están conectados con otros cuyos resultados tienen el riesgo de salir tan manoseados que acaban siendo mansos y recortados, como salió ayer el Osasuna-Real Madrid hasta la locura final. Se jugaban tanto que actuaron con el freno de mano echado. Pensaban más en no perder que en ganar, aunque un punto no resolviera ninguna de sus necesidades. Ni aseguraba la permanencia a los de Ziganda ni el título a los de Schuster.
Al menos los locales consiguieron que la primera mitad se jugara más de acuerdo con sus características futbolísticas. Partido abierto, sin dueño, suelto, anárquico. El balón de un lado para otro sin mucho orden ni sentido. En ese ida y vuelta, con balones largos y poco toque en corto, el Osasuna se sentía más a sus anchas. Presionaba bien y obligaba al Madrid a jugar al patadón. No es su juego. Ese desorden, esa falta de un denominador claro, venía bien a sus condiciones. La primera parte fue plomiza. Mucho quiero y no puedo.
Nada más comenzar la segunda sucedió una de esas acciones que delimitan el camino de un partido. Fue en la primera jugada. Cannavaro entró por detrás a Plasil, que en cuanto escuchó el aliento del italiano se tiró al suelo. Excesiva esa segunda tarjeta que dejó al Madrid con diez. Schuster tuvo que mover el banquillo para rehacer su defensa. Entró Torres, que se colocó como lateral derecho, pasó Sergio Ramos a formar tándem central con Pepe y sacrificó a un delantero, Saviola. De manual.
Mejor con diez que con once
Curiosamente la expulsión provocó una reacción positiva en el Real Madrid, que comenzó a hacer todo lo que no había hecho hasta entonces con once: tener el balón, amasar circulaciones largas en campo contrario para tener la posesión y no entrar en la ruleta del ida y vuelta. Sneijder remató al larguero y el Osasuna, sorprendentemente, se echó para atrás con demasiado respeto, ¿o sería mejor llamarlo miedo? Tanto que Ziganda tuvo que meter dos delanteros de golpe para que los suyos salieran de su peligroso repliegue.
A falta de muchos minutos, demasiados, ambos equipos comenzaron a dar por bueno el empate, ajenos a lo que les quedaba por pasar. Cuando dos no quieren no discuten... salvo que ocurra algo que no está en el inventario, como el penalti infantil de Heinze, el gol de Puñal... Y entonces llegó la reacción salvaje de un campeón que no podía poner mejor punto final a una Liga que casi desde el comienzo fue suya.
05/05/2008 11:46 Autor: casty. #.

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